Querido Museo Nacional:
Se suponía que, por estos días, estaríamos celebrando el avance de uno de los proyectos más esperados por quienes amamos el arte, la historia, la arqueología, la antropología y tantas otras disciplinas cuya riqueza engrandece a nuestra nación.
Pero no.
Desde la lectura del veredicto, todo ha sido como volver a ver a nuestra selección de fútbol perder, de forma espectacular, un partido decisivo ante la mirada del país y del escenario internacional.
Lamento la situación de todas las personas afectadas por la incertidumbre; incluída la del arquitecto Campo Baeza y la de los hermanos Espinoza Carvajal, a quienes respeto y admiro en el ámbito profesional.
Lo que duele no es el resultado, sino la certeza de que el proceso pudo haberse conducido de mejor manera para evitar llegar a donde se ha llegado.
En lugar de convocar un concurso internacional, exclusivo y excluyente, de anteproyectos, se debió abrir el diálogo mediante un concurso nacional de ideas.
El primero ha terminado por dividir la opinión no solo de los participantes, sino de buena parte de la ciudadanía. El segundo habría abierto la posibilidad de construir un proyecto verdaderamente colectivo, reuniendo a las personas más preparadas y comprometidas del país.
La modalidad del concurso internacional dejó fuera a muchos arquitectos ecuatorianos que rechazamos la obligación de asociarnos con una firma internacional de la escala y renombre de las firmas calificadas. También quedaron fuera las voces de nuestros precursores culturales, como Juan Espinosa Páez y Jaime Andrade Heymann, por mencionar apenas dos referentes desde la arquitectura, entre muchos otros provenientes de distintas disciplinas.
Asimismo, se descuidó el legado característico de nuestros propios artistas. Muchos participantes tuvieron el acierto de proponer la presencia de la obra de Jaime Andrade Moscoso en los principales espacios del museo; sin embargo, muy pocos trasladaron la gramática identitaria de Don Jaime a la arquitectura que habría de albergarla. ¿De qué sirve reivindicar el legado artístico de Jaime Andrade Moscoso y Estuardo Maldonado (geometría, color, rigurosidad técnica, materialidad local, condición andina y equinoccial, conciencia geográfica) si el edificio destinado a custodiar su obra no dialoga con ella desde su propia concepción?
Un concurso nacional de ideas habría permitido incorporar las voces de arquitectos, diseñadores, artesanos, músicos, dramaturgos, cineastas, escritores, críticos, curadores, artistas, historiadores, sociólogos, geógrafos, antropólogos, arqueólogos, educadores, representantes de los pueblos y nacionalidades, líderes sociales, gestores culturales independientes, cocineros tradicionales, expertos en turismo, filósofos y, sobre todo, de niños, jóvenes, adultos y ciudadanos de todo el Ecuador, unidos por un mismo propósito.
Un concurso de ideas habría reunido las mejores inteligencias y voluntades del país. La energía destructiva que hoy domina las redes sociales podría haberse transformado en una fuerza generativa: un espacio de participación libre, generosa y desinteresada, capaz de construir un consenso sobre el significado de un verdadero Museo Nacional antes incluso de imaginar su arquitectura.
¿Y que tal si dejamos atrás las divisiones y se conjuga ese concierto de voluntades a partir de hoy?
Imagen: Mural para el Banco Ecuatoriano de la Vivienda, 1986.
Fotografía: Daniel Andrade Brauer

Qué gran reflexión, Peque!
ResponderEliminarHemos perdido todos
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