[1] Lo dice un profesional que ha colaborado,
participado o por lo menos asistido a todas la Bienales Panamericanas de
Arquitectura de Quito, desde el año 1994 hasta el presente.
[2] Acaso
la búsqueda de lo bello sea el aporte más importante de la arquitectura a la
sociedad, porque ninguna otra disciplina puede asumir plenamente esa
responsabilidad desde la forma construida.
Queridxs amigxs de la comisión académica:
Ha sido un gusto muy grande compartir con ustedes las reuniones de las últimas semanas. Ofrezco una disculpa si es que en algunas ocasiones me dejé llevar por la pasión, totalmente desinteresada en todo caso, de las ideas.
Voy a dejar la comisión…
Ustedes lo están haciendo muy bien. Parece que hay una sintonía en sus pensamientos e intereses. Mis pensamientos e intereses —en cambio— desentonan, molestan, irritan seguramente.
El concepto de transformación es un gran enfoque así que espero que no se piense que es por eso. En mi curso “Tipo y Tema en la arquitectura” leímos, desde el año 2007 hasta el 2018 (que fue la ultima edición de la clase) el ensayo de Carlos Martí: “El concepto de transformación como motor del proyecto”, tanto en la versión que aparece en La cimbra y el arco como en la anterior de Variaciones de la identidad. Me parece un excelente argumento para el enfoque temático. Podría ser que el término sea demasiado amplio pero, conociendo a la María y a la Yadhi, sé que podrán delimitarlo con eficacia.
Dejaré la comisión porque mi presencia en las reuniones distrae y me distrae.
Desde el umbral de la puerta de los milagros que conduce al jardín donde florecen los números, tan solo puedo sugerir que se acerquen a echar un vistazo si lo desean (puedo distraer). No puedo, por ahora, soltar la manija, ni alejar demasiado la mirada de la luz que proviene de ese jardín (no puedo distraerme).
Aclaro, no se para qué, que no son los estudios de doctorado los que me han llevado a abrir la puerta del jardín, sino al revés. No soy un académico que además ejerce la profesión. Ni lo uno ni lo otro. Soy un arquitecto en una incesante confrontación con una profesión y una academia que considero desorientadas. Soy un arquitecto con una obligación de buscar pruebas para sentirse honesto, y una necesidad y un deber de compartir las pruebas halladas; por eso me gusta enseñar, aunque detesto la academia.
La pretensión de detenerse ante la puerta de los milagros no es apreciada por nuestros contemporáneos que han descubierto y soportado que el arte sea una caricia ligera, cómoda, aceptable, oportunista, y ya no una pasión desbordante y desinteresada.
Nuestros contemporáneos han descubierto y soportado (contradiciendo 3mil años de historia) que la arquitectura ya no es un arte porque los edificios tienen una utilidad práctica o quién sabe con qué otros argumentos.
Que las "Variaciones Goldberg" sirvieran y fueran hechas a la medida para que el conde Von Keyserlingk no se volviera loco en las noches de insomnio y que Bach recibiera una importante paga por ellas, no las hace menos artísticas que “El arte de la fuga”. Que los platos que prepara la ecuatoriana Carolina Sánchez en el restaurante Ikaro en La Rioja, alimenten el cuerpo, no los remueve del ámbito del arte, porque también alimentan el espíritu, la voluntad, el alma, el sentimiento, o como lo quieran llamar. El hecho de que el Conde Almerico y su familia habitaran La Rotonda no desvanece su relevancia para la historia del arte.
Es irónico y triste ver como los trabajadores de la industria de la publicidad han logrado tanto con el argumento de que su oficio es una labor artística (imagínense!) mientras que los arquitectos hemos perdido tanto, desde cuando se consideraba la arquitectura como la madre de todas las artes (así se decía) hasta el momento actual donde no se nos considera para ninguna ley de la cultura, ningún concurso y ningún reconocimiento cultural, porque lo que hacemos es "meramente útil". ¿Con qué otro argumento podemos salvar el patrimonio de la arquitectura moderna que con el argumento de lo bello? El Jaime Andrade me decía un día que si la escalera de la residencia Brauer Cornejo hubiera sido contemplada como un objeto artístico, como un objeto BELLO (que lo era), no la habrían destruido como se la destruyó por ser considerada meramente como un objeto utilitario/arquitectónico, según nuestro nuevo concepto de arquitectura.
El escritor Leonardo Valencia, que acaba de publicar la novela “La escalera de Bramante” dijo, hace pocos días, que reprochaba que se pretendieran pasar por genialidades las obras literarias que “lo único que tienen es un discurso y una corrección política con la que se quiere echar una cortina de humo sobre la mediocridad en la escritura”. Pienso que lo mismo sucede en la arquitectura. Vivimos tiempos de mediocridad encubierta de corrección política, de modas invisibles o de practicidad. Creo que vi una salida, puedo estar equivocado pero no me alejaré mucho, y esperaré.
Desde el umbral de la puerta de los milagros, afectuosamente les deseo todo el éxito en la hermosa pero difícil labor que tienen por delante.
Un fuerte abrazo a todxs.
Peque. Noviembre 7 de 2019

