lunes, 3 de agosto de 2026

¿SERÁ QUE YA ESTÁ BIEN VISTO VOLVER A HABLAR DEL SENTIMIENTO DE LO BELLO EN LA ARQUITECTURA?



Hace un par de semanas, gran parte del Ecuador adquirió un interés repentino por la arquitectura. De pronto, un concepto lamentablemente poco frecuente en el discurso de los arquitectos ocupó el centro del debate público: LO FEO. La gente hablaba con naturalidad de lo bello y de lo feo, mientras que los arquitectos parecíamos ser los únicos para quienes el asunto estético había dejado de ser relevante. Resulta paradójico que quienes ejercemos el oficio de Fidias y Palladio hayamos aprendido a hacer arquitectura ¡sin hablar de belleza!

Ningún arquitecto quiere hacer edificios feos. Lo que ha desaparecido es la legitimidad intelectual y la indagación académica alrededor del concepto “belleza”.

Entre 2017 y 2018 formé parte del comité académico de la XXI Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito. Junto con los demás integrantes del equipo encargado de definir su enfoque temático, acordamos que las conversaciones giraran en torno a la necesidad de que la arquitectura fuera consecuente con la realidad sin dejar de ser coherente consigo misma.

Los conversatorios entre los autores de las obras, los profesionales y los estudiantes trataban preguntas como:

¿Está la arquitectura dotada de sus propias reglas?

¿Posee una autonomía fundada en el conocimiento de principios generales y transmisibles que le sean propios?

De ser así, ¿cuáles son esos principios?

Mirando en retrospectiva, no exagero al afirmar que la edición del 2018 fue una de las mejores de la Bienal de Arquitectura de Quito[1].

Terminada la edición de 2018, fui invitado a formar parte del comité académico organizador de la BAQ 2020. Como una manera de profundizar en los avances de la experiencia anterior, propuse que la estética se convirtiera en uno de los temas centrales de discusión. Mi intención era reivindicar la belleza como una de las formas —quizá la más importante— en que la arquitectura hace habitable el mundo[2].

La propuesta de dedicar la BAQ 2020 a reflexionar sobre la belleza no prosperó y la Bienal volvió a concentrar su atención en otros asuntos, más afines al clima intelectual predominante en la arquitectura contemporánea. Desde hace algunos años, la preocupación principal de todos los espacios de discusión en torno a la arquitectura han sido la pertinencia social, material, política y ambiental de la disciplina. Hablar de belleza ha parecido, en comparación, un asunto secundario e incluso reprochable —una herejía disciplinar—, como si toda referencia a lo bello implicara un regreso a debates superados o una renuncia al compromiso con las urgencias del presente.

Pero, aunque el discurso profesional y académico evita aludir explícitamente a la dimensión estética, los arquitectos siguen buscando generar emociones y experiencias memorables. En la práctica, la belleza sigue siendo un criterio tácito del proyecto de arquitectura.

El lenguaje disciplinar ha encontrado expresiones alternativas para referirse a una aspiración que continúa siendo esencial: que la obra trascienda la mera resolución funcional y alcance una significación capaz de afectar nuestra sensibilidad. La belleza permanece, aunque muchas veces se manifieste bajo conceptos que resultan más aceptables para la sociedad contemporánea. Se habla de atmósferas, de experiencia existencial, de calidad espacial, de identidad del lugar, de carácter o incluso de bienestar. Rara vez, sin embargo, se habla abiertamente de belleza. Como si reconocer que la experiencia arquitectónica se extiende más allá de la visión implicara que los ojos han dejado de desempeñar un papel decisivo en nuestra relación con el espacio. 

Mientras el discurso parece desconfiar de la belleza por considerarla subjetiva, elitista o formalista, la práctica cotidiana demuestra que ningún arquitecto se conforma con producir edificios simplemente eficientes. Toda arquitectura aspira, de un modo u otro, a suscitar una experiencia significativa. Tal vez ha llegado el momento de reconocer que esa aspiración ha sido siempre una forma encubierta de buscar lo bello.

En mi carta de renuncia a la Comisión Académica de la BAQ 2020 lamentaba cuánto había perdido la arquitectura en el tránsito desde una época en que era considerada la madre de las artes hasta el presente, en el que con frecuencia se la entiende como un rubro más dentro de la industria de la construcción. Aquella reflexión respondía a una preocupación que hoy considero aún vigente y que, en buena medida, motiva estas líneas. Al final de este artículo reproduzco íntegramente y sin modificaciones la mencionada carta para quienes deseen conocer los motivos de esa decisión.

La pregunta ya no es si la belleza sigue siendo una categoría válida para la arquitectura, sino por qué dejamos de hablar de ella. Durante las últimas décadas hemos aprendido a justificar nuestros proyectos desde la sostenibilidad, la técnica, la economía, la política o la responsabilidad social. Todo ello es indispensable, pero ninguna de esas dimensiones agota aquello que la arquitectura puede ofrecer a la vida humana.

Hablar nuevamente de lo bello no significa restaurar antiguos cánones ni imponer preferencias formales. Tampoco significa identificar la belleza con un estilo o con una determinada apariencia. Significa recuperar la posibilidad de preguntarnos por aquello que hace que un espacio conmueva, reconcilie al ser humano con su entorno o le permita experimentar el mundo como un lugar digno de ser habitado.

Quizá, más que de la belleza misma, debamos volver a hablar del sentimiento de lo bello: de esa experiencia difícil de medir, pero imposible de ignorar, que aparece cuando la forma, el orden, la geometría, el color, la proporción, la técnica, la materia, la luz, la sombra y la vida alcanzan una unidad significativa. Esa experiencia no sustituye las responsabilidades sociales, ambientales o económicas de la arquitectura; las completa, porque recuerda que construir no consiste únicamente en resolver problemas materiales, sino también en dar sentido emocional al mundo que habitamos.

¿Estamos listos para hablar nuevamente de lo bello y/o del sentimiento de lo bello en la arquitectura? No lo sé. Pero sí sé que una disciplina que ha dejado de preguntarse por la belleza ha renunciado a una parte esencial de sí misma.
  

[1] Lo dice un profesional que ha colaborado, participado o por lo menos asistido a todas la Bienales Panamericanas de Arquitectura de Quito, desde el año 1994 hasta el presente.

[2] Acaso la búsqueda de lo bello sea el aporte más importante de la arquitectura a la sociedad, porque ninguna otra disciplina puede asumir plenamente esa responsabilidad desde la forma construida.


CARTA DE RENUNCIA A LA COMISIÓN ACADÉMICA DE LA BAQ 2020

Queridxs amigxs de la comisión académica:


Ha sido un gusto muy grande compartir con ustedes las reuniones de las últimas semanas. Ofrezco una disculpa si es que en algunas ocasiones me dejé llevar por la pasión, totalmente desinteresada en todo caso, de las ideas.


Voy a dejar la comisión…


Ustedes lo están haciendo muy bien. Parece que hay una sintonía en sus pensamientos e intereses. Mis pensamientos e intereses —en cambio— desentonan, molestan, irritan seguramente.


El concepto de transformación es un gran enfoque así que espero que no se piense que es por eso. En mi curso “Tipo y Tema en la arquitectura” leímos, desde el año 2007 hasta el 2018 (que fue la ultima edición de la clase) el ensayo de Carlos Martí: “El concepto de transformación como motor del proyecto”, tanto en la versión que aparece en La cimbra y el arco como en la anterior de Variaciones de la identidad. Me parece un excelente argumento para el enfoque temático. Podría ser que el término sea demasiado amplio pero, conociendo a la María y a la Yadhi, sé que podrán delimitarlo con eficacia.


Dejaré la comisión porque mi presencia en las reuniones distrae y me distrae.


Desde el umbral de la puerta de los milagros que conduce al jardín donde florecen los números, tan solo puedo sugerir que se acerquen a echar un vistazo si lo desean (puedo distraer). No puedo, por ahora, soltar la manija, ni alejar demasiado la mirada de la luz que proviene de ese jardín (no puedo distraerme).


Aclaro, no se para qué, que no son los estudios de doctorado los que me han llevado a abrir la puerta del jardín, sino al revés. No soy un académico que además ejerce la profesión. Ni lo uno ni lo otro. Soy un arquitecto en una incesante confrontación con una profesión y una academia que considero desorientadas. Soy un arquitecto con una obligación de buscar pruebas para sentirse honesto, y una necesidad y un deber de compartir las pruebas halladas; por eso me gusta enseñar, aunque detesto la academia.


La pretensión de detenerse ante la puerta de los milagros no es apreciada por nuestros contemporáneos que han descubierto y soportado que el arte sea una caricia ligera, cómoda, aceptable, oportunista, y ya no una pasión desbordante y desinteresada.


Nuestros contemporáneos han descubierto y soportado (contradiciendo 3mil años de historia) que la arquitectura ya no es un arte porque los edificios tienen una utilidad práctica o quién sabe con qué otros argumentos.


Que las "Variaciones Goldberg" sirvieran y fueran hechas a la medida para que el conde Von Keyserlingk no se volviera loco en las noches de insomnio y que Bach recibiera una importante paga por ellas, no las hace menos artísticas que “El arte de la fuga”. Que los platos que prepara la ecuatoriana Carolina Sánchez en el restaurante Ikaro en La Rioja, alimenten el cuerpo, no los remueve del ámbito del arte, porque también alimentan el espíritu, la voluntad, el alma, el sentimiento, o como lo quieran llamar. El hecho de que el Conde Almerico y su familia habitaran La Rotonda no desvanece su relevancia para la historia del arte.


Es irónico y triste ver como los trabajadores de la industria de la publicidad han logrado tanto con el argumento de que su oficio es una labor artística (imagínense!) mientras que los arquitectos hemos perdido tanto, desde cuando se consideraba la arquitectura como la madre de todas las artes (así se decía) hasta el momento actual donde no se nos considera para ninguna ley de la cultura, ningún concurso y ningún reconocimiento cultural, porque lo que hacemos es "meramente útil". ¿Con qué otro argumento podemos salvar el patrimonio de la arquitectura moderna que con el argumento de lo bello? El Jaime Andrade me decía un día que si la escalera de la residencia Brauer Cornejo hubiera sido contemplada como un objeto artístico, como un objeto BELLO (que lo era), no la habrían destruido como se la destruyó por ser considerada meramente como un objeto utilitario/arquitectónico, según nuestro nuevo concepto de arquitectura.


El escritor Leonardo Valencia, que acaba de publicar la novela “La escalera de Bramante” dijo, hace pocos días, que reprochaba que se pretendieran pasar por genialidades las obras literarias que “lo único que tienen es un discurso y una corrección política con la que se quiere echar una cortina de humo sobre la mediocridad en la escritura”. Pienso que lo mismo sucede en la arquitectura. Vivimos tiempos de mediocridad encubierta de corrección política, de modas invisibles o de practicidad. Creo que vi una salida, puedo estar equivocado pero no me alejaré mucho, y esperaré.


Desde el umbral de la puerta de los milagros, afectuosamente les deseo todo el éxito en la hermosa pero difícil labor que tienen por delante.


Un fuerte abrazo a todxs.


Peque. Noviembre 7 de 2019

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