martes, 9 de octubre de 2018

Gustave Flaubert sobre los malos artistas

«Ayer me vino una reflexión sobre "El Juicio Final" de Miguel Ángel. Esta reflexión es la siguiente: no hay nada más vil en la Tierra que un mal artista, que un bribón que frecuenta toda su vida lo bello sin jamás desembarcar y plantar su bandera.  Hacer arte para ganar dinero, halagar al público, hacer trampas joviales o tristes payasadas es para mi la más innoble de las profesiones, por la misma razón que el artista me parece el primero de los hombres. Preferiría haber pintado la Capilla Sixtina que ganar muchas batallas, incluso la de Marengo. Durará más tiempo y puede ser más difícil» (Carta a su madre, 8 de abril de 1851).

sábado, 25 de agosto de 2018

Puntadas e hilvanes críticos 02

Por Leopoldo Ante

ENSEÑANZA DE LA ARQUITECTURA


«Los pueblos no se detienen en sueños poéticos en el crepúsculo de un oasis»

El mundo actual —pragmático, desencantado, nihilista y materialista— requiere cada vez más "ingenieros inmobiliarios" y cada vez menos arquitectos. Esa es la verdad. Por supuesto, lo que quiere el mundo no es precisamente lo que necesita, también se demanda cada vez más Bad bunnys y menos Debussys.

¿Qué esperan las universidades para crear la carrera de “Ingeniería Inmobiliaria” y liberar así al otrora respetable concepto "arquitectura" del estigma del mercantilismo mercenario de nuestro tiempo?

Hay un acuerdo entre los proveedores y los usuarios de servicios educativos de nivel superior que consiste en denominar “arquitectura” a una carrera profesional que tiene poco que ver con ese término. Supongo que es porque la palabra aún guarda un poco del encanto que adquirió merecidamente en otros tiempos.  El 60% de los estudiantes de la carrera denominada actualmente “arquitectura”, en las universidades de todo el mundo, irían contentos a una nueva profesión (mucho más "práctica" y cercana a la realidad de hoy en día) que podría llamarse “Ingeniería Inmobiliaria”, con especialidad en construcciones convencionales, económicas pero revisteras, que den el máximo rendimiento posible a los promotores + análisis de factibilidad, presupuestos, normativas, marketing y ventas + diseño de logotipos y visualización 3D. De los restantes, alrededor de un 20%, aprovecharía mejor una “Ingeniería en Construcciones” con especializaciones en sostenibilidad, recursos humanos, administración e "Hinnovación" (con H para que parezca aun mayor la novedad). Un 10% deberían ser dirigidos a una escuela de "Artes Contemporáneas", con especialización en producción de objetos espectáculo-habitables, portafolio y filosofías posmodernas cripto-normativistas. Aproximadamente un 9% harían bien en acceder a una tecnología de aprendizaje empírico en “construcciones alternativas” —el apetecido “Aprender Haciendo” o "Arq Attack"— con énfasis en carpintería, soldadura, albañilería, manualidades, reciclaje, usos no convencionales de materiales convencionales (porque sí), fotografía, manejo de redes, autopromoción, marketing y primeros auxilios.

El 1% restante, sin dejar de lado todo lo anterior (pero considerándolo accesorio), podría empezar por ir a la biblioteca y enterarse qué es, qué ha sido durante siglos y qué seguirá siendo —cuando de nuestra civilización no quede de testimonio más que toneladas de plástico flotando en los océanos— la arquitectura. El aspirante debe estar consciente de que nunca, en ninguna época, fue fácil, ni ha sido la prioridad, lo que hoy se conoce como "la inserción en el mercado laboral" (para eso están la Ingeniería Inmobiliaria y la construcción). Incluso los mejores tuvieron dificultades a lo largo de su vida para hallar encargos arquitectónicos que valieran la pena. Muchos no hicieron sus primeros edificios importantes hasta después de los 50 años de edad. Pero ninguno lloraba (a los 30) para que la concepción de "arquitectura" se adapte a sus particulares, pasajeras y mundanas "necesidades actuales". El aspirante debería tener, por sobre todas las cosas, una habilidad innata para comprender y concebir ideas complejas desde la forma y el espacio: capacidad tectónica (no según lo explica el mediocre de Keneth Frampton sino como se entendía este concepto en Alemania a mediados del siglo diecinueve: leer a Karl Bötticher). Además debería ser una persona atenta al espíritu de los tiempos y con una capacidad crítica que lo distinga de las muchedumbres aletargadas y de las masas humanas en fermento. Su anhelo consistiría en llegar a ser, con paciencia (requiere tiempo) y esfuerzo, personas consecuentes con la realidad sin por ello dejar de ser coherentes con la disciplina.

jueves, 31 de mayo de 2018

LAS CAPILLAS FRÍVOLAS DE LA BIENAL DE VENECIA

Imagen tomada de www.metalocus.es únicamente con fines ilustrativos

Este escrito, que no es sobre religión, se refiere simplemente a la falta de seriedad, a la indiferencia por el tema y a la pobreza arquitectónica de nueve de las diez capillas construidas para el Vaticano en el contexto de la Bienal de Arquitectura de Venecia 2018. A mi parecer sólo una de las diez capillas, la del arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura, se libra de merecer el calificativo de frívola.

Invadidos por el desánimo secularizado de estos tiempos, los autores volcaron sus esfuerzos en hallar el modo de eludir o disimular cualquier forma de expresión religiosa en sus propuestas; evitaron por todos los medios que sus "estands de feria" sencillamente tuvieran el carácter elevado que se esperaría en un edificio para la devoción espiritual.
 

Según un representante de la Iglesia los arquitectos “tenían libertad de acción, aunque se les recomendó incluir elementos como el altar o la cruz, algo que no todos han hecho”. En esta época parece que no es buena idea dar libertad de acción en asuntos de creación artística porque resultan las cosas que resultan: mamotretos que nos avergüenzan ante el pasado. Los “artistas” van por el mundo con un exceso de confianza en sí mismos y con total desconfianza en todo lo demás; como en este caso. A los extraordinarios arquitectos les pareció inapropiado incluir los símbolos milenarios de la Iglesia: la Cruz, los íconos, el altar (que algún sentido sin duda tienen ¿o no?) pero no hallaron ningún inconveniente en exhibir sus frívolas divagaciones personales sobre lo que es, desde su chaquetero punto de vista, una capilla. Es simplemente una locura.

¿Qué diría ahora el padre dominico Marie-Alain Couturier sobre confiar a no creyentes las obras de la Iglesia?

I

El padre Couturier (1897-1954) sostenía que era preferible que las obras de arquitectura de la Iglesia se encargaran a buenos arquitectos, aunque agnósticos, antes que a malos arquitectos, por más religiosos que fueran. Así fue como el padre Couturier logró convencer a sus superiores para que confiaran el diseño de varios edificios católicos al más importante maestro del Movimiento Moderno en la arquitectura. Le Corbusier no era creyente pero respetaba y comprendía muy bien el sentimiento místico del catolicismo. El padre Couturier llegó incluso a afirmar que su amigo arquitecto era la persona más profundamente espiritual que conocía.

Con apenas 23 años, siendo aún un joven aprendiz de arquitectura, Le Corbusier, que descendía de una familia calvinista, confesaba en su famoso Viaje a oriente que sentía más admiración por la sensualidad de los templos católicos que por la “aterradora austeridad” de los templos de la moral protestante. Después de trabajar para la Orden de los Dominicos en los proyectos para la magnífica capilla de peregrinaje en Ronchamp, el  convento de Santa María de La Tourette y la iglesia de Saint-Pierre de Firminy, Le Corbusier rechazó el encargo de proyectar un templo protestante en Suiza porque consideraba que “el protestantismo como religión carece de esa sensualidad tan necesaria que llena, en las entrañas del hombre, unos santuarios de los que apenas tiene conciencia y que forman parte, bien de su animalidad, bien de su subconsciente más elevado” (teatralidad simbólica, sensualidad material y belleza geométrica juntas).

II

Históricamente el Vaticano ha sido uno de los principales mecenas para la producción de obras maestras de la arquitectura en el mundo occidental. Alberti, Bramante, Leonardo, Rafael, Miguel Ángel, ¡cuántos grandes arquitectos y artistas crearon obras que enaltecen el legado cultural de la humanidad por encargo del Vaticano! No todos los días se recibe el encargo de proyectar un templo para la Santa Sede ¿Qué hicieron nueve de los diez arquitectos que recibieron un encargo de esa índole, hace unos meses, en el marco de la Bienal de Arquitectura de Venecia? Se burlaron. Tras aceptar el encargo optaron por no comprometerse y respondieron con un pabellón frívolo al pedido de una capilla católica, con todo lo que aquello implica desde la propia arquitectura. Ojo, reitero que no estoy hablando de religión, hablo de cumplir de forma comprometida con un encargo profesional serio.

Las capillas vaticanas para la Bienal de Venecia proclaman exactamente la parte que el hombre no debería proclamar al construir un templo: su propio yo; y la parte que evitan es exactamente la parte que un templo católico no debe poner en duda: la razón Divina. Capillas de autores embaucadores que, ante las circunstancias políticas y culturales, prefieren actuar con tibieza y evitar lo sacro, evitar los símbolos, evitar la tradición, evitar la cruz como símbolo del cristianismo (y no como un hecho incidental o un elemento estructural ¿es una burla?), evitar soberbia y cobardemente todo lo que es en sí una capilla católica, habiendo aceptado el encargo de hacerla. Contrasta la falta de fe de los autores en algo trascendente respecto al exceso de fe en sí mismos, cuestión ésta última que se evidencia en el insuficiente esfuerzo que hicieron por cumplir a cabalidad con el encargo.

La iniciativa insulta además a la cultura arquitectónica al afirmar estar inspirada en el modelo de la Capilla del Bosque de Gunnard Asplund en Estocolmo porque ninguno de aquellos habitáculos improvisados se acerca un ápice al esplendor místico de la Capilla de Asplund.

Si aún no han visto estas “capillas” que parecen showrooms portátiles de fabricantes de muebles modulares, foodtrucks/contenedores, portales de ingreso a conjuntos privados al estilo “santa fe” de la década de 1990, letrinas construidas con materiales reciclados, juegos mecánicos de parques de atracciones, los restos del mecanismo de un piano, o algo cuyo interior ha sido asquerosamente infestado de ratones -cualquier cosa menos un templo católico, es decir un lugar que busca embriagar el espíritu y escapar a los dictados del mundo, de la razón y de la individualidad- pueden hacerlo siguiendo este enlace:

jueves, 14 de diciembre de 2017

Desertad las aulas

Este escrito de Joseph Quetglas, publicado en  Pasado a limpio II, invita a abandonar las aulas, los talleres de proyectos, las inumerables horas realizando maquetas y dibujos, no para ir a aprender arquitectura empírica y exclusivamente en una carpintería, sino para aprenderla directamente de los Maestros.
 

Desertad las aulas

1.En la Escuela tienes a los mejores profesores. Cualquiera puede ir a escucharlos, no importa curso ni horario. No pasan lista.
Se sabe inmediatamente que son los mejores, porque siempre están ahí cuando los necesitas –apenas llegas y ya están a punto de empezar, sin faltar ningún día, sin nunca llegar tarde-. Porque hablan a tu nivel –no son de esos que esconden su inseguridad tras un lenguaje oscuro. Y porque, como más sabes, más te dicen. Nunca se cansan de dar clase, no envejecen, no tienen la cabeza puesta en su despacho en el escalafón. No conspiran entre ellos. Sólo viven para enseñarte arquitectura.
¿Qué de cuál Escuela estoy hablando? De la tuya.
¿Qué quiénes son esos rara avis? No, no son ninguna minoría, son, al contrario, la mayoría de tus profesores. ¿Quieres nombres? ¿El curso acaba y aún no te has apuntado sus nombres en el horario?
Son Le Corbusier, Aalto, Siza, Wright, Mies, Loos, Ruskin, Hejdck, Smithson… Esa es la gente que da clase en tu Escuela. ¿No lo sabías? Sí: te están esperando en la biblioteca, para darte clases particulares.
Cada día, al llegar a la Escuela, decídete:-¿Con quién voy hoy a clase, con Aalto o con el Urbanismo, el de Proyectos, el de Historia…?
Escoge. Deserta las aulas. No vayas a clase. Que queden vacías. Ve a la biblioteca ellos te esperan.

2.Sí, y cuando me tenga que examinar, ¿qué pasa?
Entiéndeme. Tus profesores de la biblioteca no son mejores porque sepan más arquitectura, porque hagan mejor arquitectura que tus profesores de carne, huesos y halitosis. Eso sería relativamente sencillo.
Son mejores porque te enseñan mejor, porque con ellos aprendes más, te vuelves más sabio, puedes más.
Y éste es el segundo motivo para aprender. No sé si te lo sabré explicar bien. Más que un motivo es un instinto. Es un impulso, que hace que te entren ganas y rabia por llegar a aprender, por saber. Procede del siguiente modo: tú estás en clase, y oyes una voz que desde la pizarra va hablando del hormigón, de los ensanches urbanos, de una silla de Rietveld… Y te dices ¡No podría hacer callar a este imbecíl!. ¡Cómo se atreve a hablar, si no sabe lo que dice! ¡Ahora yo debería levantarme y decirle todo lo que no sabe!. Y te entran unas ganas irrefrenables de saber mucho de hormigón, de la ciudad del XIX, de Rietveld, para comprender mejor que el otro. Por respeto al hormigón, a la ciudad del XIX, a Rietveld, por respeto a los posibles profesores cuyo puesto está ocupado por ése que habla, por respeto a tus compañeros, por respeto a ti mismo, por odio a tus compañeros -que toman apuntes-, por odio a ti mismo -que estas callado-, por odio al profesor- que sigue hablando.
Creo que sin este punto de irritación, de intransigencia, de odio, no hay aprendizaje.
Si te asusta el término y crees que eres cristiano, substituye “odio” por “estímulo de competencia constructiva”-aunque, si eres cristiano, recordarás a aquél que decía (Mat. 10, 34-36): “No fueseis a pensar que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a separar al hombre contra su padre y a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre serán sus familiares”.
Yo lo hice así con mis profesores, entiendo, por tanto, que así puedas hacerlo tú también, y contigo cualquiera, ahora.
Tienen otra ventaja: son más económicos. ¡¿Sabes cuántas ediciones de las obras completas de Wright, Mies, Aalto y Le Corbusier, juntos, podrían comprarse con el sueldo de uno solo de tus profesores de los de nómina?!

lunes, 19 de junio de 2017

LA ESCENA DEL MUSEO EN FERRIS BUELLER’S DAY OFF

Ferris Bueller’s Day Off (1986), del director estadounidense John Hughes, es una gran película porque es divertida y tiene un ritmo agradable que se desplaza con ingenio entre monólogos íntimos y escenas de tensión y de acción. Sin embargo, lo que verdaderamente la encumbra en la categoría de obra de arte, es la maravillosa "escena del museo" en el Art Institute de Chicago.


Ferris es el personaje que todo adolescente sueña llegar a ser: un tipo popular, amado, respaldado y admirado por casi todo el mundo (aunque envidiado por unos pocos también). Es carismático, atractivo, perspicaz, encantador y, al mismo tiempo, es un chico sencillo. Ferris prefiere pasar el día tomando sol junto a la piscina, conducir el Ferrari del padre de su mejor amigo, pasear por el centro de Chicago (incluido el Federal Center de Mies van der Rohe) y hacer reir a la guapa Sloane; en lugar de ir a la aburrida escuela secundaria, al trabajo, o a lo que sea que se supone que deba hacer un ser humano funcional. Supongo que todos preferimos hacerlo, pero él lo hace y lo hace como un verdadero maestro. Su consigna es: "La vida pasa demasiado de prisa. Si no te detienes de vez en cuando a mirar a tu alrededor, te la puedes perder".

Todo adolescente quería ser Ferris Bueller en 1986.


Por eso resulta tan significativa la escena al interior del Art Institute —por el contraste— porque, en medio de una comedia de adolescentes, sumidos en aquella divertida trama y estando desprevenidos, el director nos conduce, totalmente desarmados, a experimentar lo sublime. Cuando escuchamos los primeros acordes de la canción Please, please, please, let me get what I want, de The Smiths, nos atravieza el escalofrío que golpea a quien presiente que algo grande está por suceder. Los organos sensoriales del espíritu se alertan e intentan construir una imágen inteligible desde las tinieblas de la mundanidad. A los pocos segundos llena la pantalla el Nighthawks de Hopper con toda su melancolía. Los tres clientes sentados en la barra del diner podrían ser Sloane, Ferris y Cameron, después de unos años y de algunos desencantos. Nos invade un sentimiento de soledad, como ocurre cada vez que vemos una escena de Hopper, porque ingresamos en el espacio silencioso de nuestro espíritu que recuerda que ha sido exiliado de la comunión de los espíritus. A continuación aparecen dos Kandinskys, el pintor que escribió Sobre lo espiritual en el arte. Parece que avanzamos por buen camino, está sucediendo, nos elevamos. Al fin estamos listos para recibir a Picasso y Giacometti, y aún un poco más de Picasso. El baño de Mary Cassatt -la escena delicada de una madre y su hija- irrumpe con su sensualidad y simbolismo el ascenso hacia lo abstracto. Seguidamente admiramos un Gauguin junto a un Modigliani. "¿Cómo fue que falleció la bellísima Jeanne Hébuterne?", pregunta una voz fatal desde las sombras angustiadas de la memoria. Un Pollock refuerza el lado violento y muchas veces trágico del mundo del arte ¿Qué llevó a tantos artistas a dejar su vida en los lienzos y a consumirse ellos mismos en la búsqueda de materializar con sus manos lo que le falta a este mundo imperfecto?

Las bañistas de Matisse, los tres cuadros de Picasso detrás del estudio para la Figura reclinada de Moore y por último el Balzac de Rodin, preparan el re-aparecimiento de nuestros tres personajes: Ferris, Sloane y Cameron, que ahora imitan la pose del autor de La comedia humana.



Entonces se manifiesta en la pantalla el gran Un dimanche après-midi à l'Ile de la Grande Jatte de Georges Seurat; y, parado frente al cuadro, contemplándolo: Cameron.

Ferris y Sloane se han apartado a la intimidad azul de la habitación del America Windows de Marc Chagall, donde se besan.

En poco más de un minuto, desde que los personajes entran al museo, la película ha cambiado de tono. Nosotros hemos cambiado. Nos hemos hundido en la silla y comenzamos a aceptar que casi nunca somos Ferris Bueller. Son contadas las ocasiones en que conseguimos lo que auténticamente queremos o necesitamos ¿Sabemos siquiera lo que queremos o necesitamos? La mayor parte del tiempo somos Cameron reflejándose en la niña del cuadro de Seurat: una figura desenfocada, vacía, incoherente a medida que miramos de cerca. Seres turbados y solitarios, constituidos de fragmentos que, si miramos con atención, no tienen ningún sentido ¿Seremos al menos un grito quizás?

La canción de The Smiths insiste, secretamente (porque en la película emplearon una versión instrumental), con el eco de su incisiva letra:

Good times for a change
see, the luck I've had
can make a good man
turn bad

So please please please
let me, let me, let me
let me get what I want
this time

Haven't had a dream in a long time
see, the life I've had
can make a good man bad

So for once in my life
let me get what I want
Lord knows it would be the first time
Lord knows it would be the first time


Un homenaje por casualidad: Seurat terminó de pintar y exhibió por primera vez el cuadro Un dimanche après-midi à l'Ile de la Grande Jatte en junio de 1886, exactamente cien años antes del estreno de la película Ferris Bueller’s Day Off, ocurrido en junio de 1986.