jueves, 31 de mayo de 2018

LAS CAPILLAS FRÍVOLAS DE LA BIENAL DE VENECIA

Imagen tomada de www.metalocus.es únicamente con fines ilustrativos

Este escrito, que no es sobre religión, se refiere simplemente a la falta de seriedad, a la indiferencia por el tema y a la pobreza arquitectónica de nueve de las diez capillas construidas para el Vaticano en el contexto de la Bienal de Arquitectura de Venecia 2018. A mi parecer sólo una de las diez capillas, la del arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura, se libra de merecer el calificativo de frívola.

Invadidos por el desánimo secularizado de estos tiempos, los autores volcaron sus esfuerzos en hallar el modo de eludir o disimular cualquier forma de expresión religiosa en sus propuestas; evitaron por todos los medios que sus "estands de feria" sencillamente tuvieran el carácter elevado que se esperaría en un edificio para la devoción espiritual.
 

Según un representante de la Iglesia los arquitectos “tenían libertad de acción, aunque se les recomendó incluir elementos como el altar o la cruz, algo que no todos han hecho”. En esta época parece que no es buena idea dar libertad de acción en asuntos de creación artística porque resultan las cosas que resultan: mamotretos que nos avergüenzan ante el pasado. Los “artistas” van por el mundo con un exceso de confianza en sí mismos y con total desconfianza en todo lo demás; como en este caso. A los extraordinarios arquitectos les pareció inapropiado incluir los símbolos milenarios de la Iglesia: la Cruz, los íconos, el altar (que algún sentido sin duda tienen ¿o no?) pero no hallaron ningún inconveniente en exhibir sus frívolas divagaciones personales sobre lo que es, desde su chaquetero punto de vista, una capilla. Es simplemente una locura.

¿Qué diría ahora el padre dominico Marie-Alain Couturier sobre confiar a no creyentes las obras de la Iglesia?

I

El padre Couturier (1897-1954) sostenía que era preferible que las obras de arquitectura de la Iglesia se encargaran a buenos arquitectos, aunque agnósticos, antes que a malos arquitectos, por más religiosos que fueran. Así fue como el padre Couturier logró convencer a sus superiores para que confiaran el diseño de varios edificios católicos al más importante maestro del Movimiento Moderno en la arquitectura. Le Corbusier no era creyente pero respetaba y comprendía muy bien el sentimiento místico del catolicismo. El padre Couturier llegó incluso a afirmar que su amigo arquitecto era la persona más profundamente espiritual que conocía.

Con apenas 23 años, siendo aún un joven aprendiz de arquitectura, Le Corbusier, que descendía de una familia calvinista, confesaba en su famoso Viaje a oriente que sentía más admiración por la sensualidad de los templos católicos que por la “aterradora austeridad” de los templos de la moral protestante. Después de trabajar para la Orden de los Dominicos en los proyectos para la magnífica capilla de peregrinaje en Ronchamp, el  convento de Santa María de La Tourette y la iglesia de Saint-Pierre de Firminy, Le Corbusier rechazó el encargo de proyectar un templo protestante en Suiza porque consideraba que “el protestantismo como religión carece de esa sensualidad tan necesaria que llena, en las entrañas del hombre, unos santuarios de los que apenas tiene conciencia y que forman parte, bien de su animalidad, bien de su subconsciente más elevado” (teatralidad simbólica, sensualidad material y belleza geométrica juntas).

II

Históricamente el Vaticano ha sido uno de los principales mecenas para la producción de obras maestras de la arquitectura en el mundo occidental. Alberti, Bramante, Leonardo, Rafael, Miguel Ángel, ¡cuántos grandes arquitectos y artistas crearon obras que enaltecen el legado cultural de la humanidad por encargo del Vaticano! No todos los días se recibe el encargo de proyectar un templo para la Santa Sede ¿Qué hicieron nueve de los diez arquitectos que recibieron un encargo de esa índole, hace unos meses, en el marco de la Bienal de Arquitectura de Venecia? Se burlaron. Tras aceptar el encargo optaron por no comprometerse y respondieron con un pabellón frívolo al pedido de una capilla católica, con todo lo que aquello implica desde la propia arquitectura. Ojo, reitero que no estoy hablando de religión, hablo de cumplir de forma comprometida con un encargo profesional serio.

Las capillas vaticanas para la Bienal de Venecia proclaman exactamente la parte que el hombre no debería proclamar al construir un templo: su propio yo; y la parte que evitan es exactamente la parte que un templo católico no debe poner en duda: la razón Divina. Capillas de autores embaucadores que, ante las circunstancias políticas y culturales, prefieren actuar con tibieza y evitar lo sacro, evitar los símbolos, evitar la tradición, evitar la cruz como símbolo del cristianismo (y no como un hecho incidental o un elemento estructural ¿es una burla?), evitar soberbia y cobardemente todo lo que es en sí una capilla católica, habiendo aceptado el encargo de hacerla. Contrasta la falta de fe de los autores en algo trascendente respecto al exceso de fe en sí mismos, cuestión ésta última que se evidencia en el insuficiente esfuerzo que hicieron por cumplir a cabalidad con el encargo.

La iniciativa insulta además a la cultura arquitectónica al afirmar estar inspirada en el modelo de la Capilla del Bosque de Gunnard Asplund en Estocolmo porque ninguno de aquellos habitáculos improvisados se acerca un ápice al esplendor místico de la Capilla de Asplund.

Si aún no han visto estas “capillas” que parecen showrooms portátiles de fabricantes de muebles modulares, foodtrucks/contenedores, portales de ingreso a conjuntos privados al estilo “santa fe” de la década de 1990, letrinas construidas con materiales reciclados, juegos mecánicos de parques de atracciones, los restos del mecanismo de un piano, o algo cuyo interior ha sido asquerosamente infestado de ratones -cualquier cosa menos un templo católico, es decir un lugar que busca embriagar el espíritu y escapar a los dictados del mundo, de la razón y de la individualidad- pueden hacerlo siguiendo este enlace:

jueves, 14 de diciembre de 2017

Desertad las aulas

Este escrito de Joseph Quetglas, publicado en  Pasado a limpio II, invita a abandonar las aulas, los talleres de proyectos, las inumerables horas realizando maquetas y dibujos, no para ir a aprender arquitectura empírica y exclusivamente en una carpintería, sino para aprenderla directamente de los Maestros.
 

Desertad las aulas

1.En la Escuela tienes a los mejores profesores. Cualquiera puede ir a escucharlos, no importa curso ni horario. No pasan lista.
Se sabe inmediatamente que son los mejores, porque siempre están ahí cuando los necesitas –apenas llegas y ya están a punto de empezar, sin faltar ningún día, sin nunca llegar tarde-. Porque hablan a tu nivel –no son de esos que esconden su inseguridad tras un lenguaje oscuro. Y porque, como más sabes, más te dicen. Nunca se cansan de dar clase, no envejecen, no tienen la cabeza puesta en su despacho en el escalafón. No conspiran entre ellos. Sólo viven para enseñarte arquitectura.
¿Qué de cuál Escuela estoy hablando? De la tuya.
¿Qué quiénes son esos rara avis? No, no son ninguna minoría, son, al contrario, la mayoría de tus profesores. ¿Quieres nombres? ¿El curso acaba y aún no te has apuntado sus nombres en el horario?
Son Le Corbusier, Aalto, Siza, Wright, Mies, Loos, Ruskin, Hejdck, Smithson… Esa es la gente que da clase en tu Escuela. ¿No lo sabías? Sí: te están esperando en la biblioteca, para darte clases particulares.
Cada día, al llegar a la Escuela, decídete:-¿Con quién voy hoy a clase, con Aalto o con el Urbanismo, el de Proyectos, el de Historia…?
Escoge. Deserta las aulas. No vayas a clase. Que queden vacías. Ve a la biblioteca ellos te esperan.

2.Sí, y cuando me tenga que examinar, ¿qué pasa?
Entiéndeme. Tus profesores de la biblioteca no son mejores porque sepan más arquitectura, porque hagan mejor arquitectura que tus profesores de carne, huesos y halitosis. Eso sería relativamente sencillo.
Son mejores porque te enseñan mejor, porque con ellos aprendes más, te vuelves más sabio, puedes más.
Y éste es el segundo motivo para aprender. No sé si te lo sabré explicar bien. Más que un motivo es un instinto. Es un impulso, que hace que te entren ganas y rabia por llegar a aprender, por saber. Procede del siguiente modo: tú estás en clase, y oyes una voz que desde la pizarra va hablando del hormigón, de los ensanches urbanos, de una silla de Rietveld… Y te dices ¡No podría hacer callar a este imbecíl!. ¡Cómo se atreve a hablar, si no sabe lo que dice! ¡Ahora yo debería levantarme y decirle todo lo que no sabe!. Y te entran unas ganas irrefrenables de saber mucho de hormigón, de la ciudad del XIX, de Rietveld, para comprender mejor que el otro. Por respeto al hormigón, a la ciudad del XIX, a Rietveld, por respeto a los posibles profesores cuyo puesto está ocupado por ése que habla, por respeto a tus compañeros, por respeto a ti mismo, por odio a tus compañeros -que toman apuntes-, por odio a ti mismo -que estas callado-, por odio al profesor- que sigue hablando.
Creo que sin este punto de irritación, de intransigencia, de odio, no hay aprendizaje.
Si te asusta el término y crees que eres cristiano, substituye “odio” por “estímulo de competencia constructiva”-aunque, si eres cristiano, recordarás a aquél que decía (Mat. 10, 34-36): “No fueseis a pensar que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a separar al hombre contra su padre y a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre serán sus familiares”.
Yo lo hice así con mis profesores, entiendo, por tanto, que así puedas hacerlo tú también, y contigo cualquiera, ahora.
Tienen otra ventaja: son más económicos. ¡¿Sabes cuántas ediciones de las obras completas de Wright, Mies, Aalto y Le Corbusier, juntos, podrían comprarse con el sueldo de uno solo de tus profesores de los de nómina?!

lunes, 19 de junio de 2017

LA ESCENA DEL MUSEO EN FERRIS BUELLER’S DAY OFF

Ferris Bueller’s Day Off (1986), del director estadounidense John Hughes, es una gran película porque es divertida y tiene un ritmo agradable que se desplaza con ingenio entre monólogos íntimos y escenas de tensión y de acción. Sin embargo, lo que verdaderamente la encumbra en la categoría de obra de arte es la maravillosa escena del museo.


Ferris es el personaje que todo adolescente sueña llegar a ser: un tipo popular, amado, respaldado y admirado por todo el mundo (y un poco envidiado por unos pocos también). Es carismático, atractivo, perspicaz, encantador, pero al mismo tiempo, un chico sencillo con el que resulta fácil identificarse. Ferris prefiere pasar el día tomando sol junto a la piscina, conducir el Ferrari del padre de su mejor amigo, pasear por el centro de Chicago (incluido el Federal Center de Mies van der Rohe) y hacer reír a la guapa Sloane; en lugar de ir a la aburrida escuela secundaria, al trabajo, o a lo que sea que se supone que deba hacer un ser humano funcional. Supongo que todos preferimos hacerlo, pero él lo hace y lo hace como un verdadero maestro. Su consigna es: "La vida pasa demasiado de prisa. Si no te detienes de vez en cuando a mirar a tu alrededor, te la puedes perder".

Todo adolescente quería ser Ferris Bueller en 1986.


Por eso resulta tan significativa la escena al interior del Art Institute —por el contraste— porque, en medio de una comedia de adolescentes, sumidos en aquella divertida trama y estando desprevenidos, el director nos conduce desarmados a experimentar lo sublime. Cuando escuchamos los primeros acordes de la canción “Please, please, please, let me get what I want” deberíamos advertir que Hughes nos ha tendido una trampa. Los organos sensoriales del espíritu se alertan e intentan construir una imágen inteligible desde las tinieblas de la mundanidad. A los pocos segundos llena la pantalla el Nighthawks de Hopper con toda su melancolía. Los tres clientes sentados en la barra del diner podrían ser Sloane, Ferris y Cameron, después de unos años y de algunos desencantos. Nos invade un sentimiento de soledad, como ocurre cada vez que vemos una escena de Hopper, porque ingresamos en el espacio silencioso de nuestro espíritu que recuerda que ha sido exiliado de la comunión de los espíritus. A continuación aparecen dos Kandinskys, el pintor que escribió Sobre lo espiritual en el arte. Parece que avanzamos por buen camino, nos elevamos. Al fin estamos listos para recibir a Picasso y Giacometti, y aún un poco más de Picasso. El baño de Mary Cassatt -la escena delicada de una madre y su hija- irrumpe con su sensualidad y simbolismo el ascenso hacia lo abstracto. Seguidamente admiramos un Gauguin junto a un Modigliani. "¿Cómo fue que falleció la bellísima Jeanne Hébuterne?", pregunta una voz fatal desde las sombras angustiadas de nuestro interior. Un Pollock refuerza el lado violento y muchas veces trágico del mundo del arte ¿Qué llevó a tantos artistas a dejar su vida en los lienzos y a consumirse ellos mismos en la búsqueda de materializar con sus manos lo que le falta a este mundo imperfecto?

Las bañistas de Matisse, los tres cuadros de Picasso detrás del estudio para la Figura reclinada de Moore y por último el Balzac de Rodin, preparan el re-aparecimiento de nuestros tres personajes: Ferris, Sloane y Cameron, que ahora imitan la pose del autor de La comedia humana.



Entonces se manifiesta en la pantalla el gran Un dimanche après-midi à l'Ile de la Grande Jatte de Georges Seurat; y, parado frente al cuadro, contemplándolo: Cameron.

Ferris y Sloane se han apartado a la intimidad azul de la habitación del America Windows de Marc Chagall, donde se besan.

En poco más de un minuto, desde que los personajes entran al museo, la película ha cambiado. Nosotros también hemos cambiado. Nos hemos hundido en la silla y comenzamos a aceptar que casi nunca somos Ferris Bueller. Son contadas las ocasiones en que conseguimos lo que auténticamente queremos o necesitamos ¿Sabemos siquiera lo que queremos o necesitamos? La mayor parte del tiempo somos Cameron reflejándose en la niña del cuadro de Seurat: una figura desenfocada, vacía, incoherente a medida que miramos de cerca. Seres turbados y solitarios, constituidos de fragmentos que, si miramos con atención, no tienen ningún sentido ¿Seremos al menos un grito quizás?

La canción de The Smiths insiste, secretamente (porque en la película emplearon una versión instrumental), con las sombras de su incisiva letra:

Good times for a change
see, the luck I've had
can make a good man
turn bad

So please please please
let me, let me, let me
let me get what I want
this time

Haven't had a dream in a long time
see, the life I've had
can make a good man bad

So for once in my life
let me get what I want
Lord knows it would be the first time
Lord knows it would be the first time 

jueves, 25 de mayo de 2017

Fragmentos seleccionados de los ensayos finales de los estudiantes del curso "Ortodoxia, primer taller de filosofía de la arquitectura"

"Ortodoxia". Técnica: serigrafía, 28 x 42 cm

Este semestre se abrió en la Universidad San Francisco de Quito un curso, a manera de taller de filosofía de la arquitectura -como una rama de la estética y la filosofía del arte- orientado al estudio de la tradición del idealismo y el clasicismo grecolatino en la arquitectura. La aproximación a dicha tradición se efectuó desde dos frentes complementarios: por un lado la filosofía del arte y la estética, en un ámbito bibliográfico que abarcó una parte de la obra filosófica del arte desde Platón hasta Heidegger; y por otro, los tratados de arquitectura más relevantes de la historia, desde los Diez libros de la arquitectura de Vitruvio, hasta Vers une architecture y El Modulor de Le Corbusier.
 
A continuación algunos extractos de los ensayos finales de los estudiantes:

"La arquitectura de Rossi es como un lenguaje de formas silenciosas, capaz de comunicarse con todas las "tribus", sin importar su origen o implantación. Un lenguaje construido de símbolos capaces de demostrar y asimilar la universalidad del tipo y, al mismo tiempo afirmar la autonomía de la arquitectura independiente de la función". Sebastián Sánchez Bardellini en el ensayo Aldo Rossi desde Hegel, La construcción simbólica de la arquitectura

"El segundo principio establece que una verdadera obra de arte no es un objeto, más bien es una experiencia. Dewey reconoce que una obra de arte se presenta como una experiencia intensificada dentro de nuestra vida cotidiana que tiene el potencial de transformar. A su vez, Rossi, establece que el hecho urbano no es un edificio sino un fragmento de ciudad. La ciudad se revela a través de sus monumentos, en donde cada uno nos muestra una secuencia y finalmente la historia". Paula Cárdenas en el ensayo La experiencia estética de los hechos urbanos

"La música surge de conceptos matemáticos pero la entendemos únicamente después de haberla escuchado. La arquitectura debería ser capaz de lo mismo; debería tener lo gnoseológico. No como norma pero como precaución; como un acto altruista hacia aquel que sufre del estrago de la náusea (Sartre); y a su vez producir la tranquilidad que su propia existencia manifiesta. ¿Es acaso esta la función intrínseca del arte, existir como un antídoto para quien llegue a necesitarla? No necesariamente algo placentero, tan solo mostrarse con suficiente fuerza como para estremecer el espíritu; y en esa sacudida dosificar las incoherencias de la existencia". José David Freire en el ensayo Arquitectura gnoseológica

"No puede ser el hecho sensible el que genere placer; el goce tiene que intelectualizarse. Los sentidos, por ejemplo, pueden expresar un gozo al percibir un material agradable y cierto rechazo por materiales no agradables o "brutos". Pueden preferir superficies perfectamente lisas a texturas rugosas. Pero, para generar un placer intelectual, es necesario ordenar aquellos materiales, superficies y texturas según una idea; emplearlos en una unidad, en un conjunto armónico. Parafaseando a Santo Tomás: el goce se genera al encontrar el "resplandor" de la Forma en la Materia". Alejandro Ramos en el ensayo El placer de lo que agrada a la vista

"Resulta sencillo reconocer estas componentes en cualquier obra de arte que ha superado al olvido; y después, resulta insensato ignorarlas si nuestro fin es satisfacer el inmortal apetito de un orden elevado. Sin más anhelo que el de conmover al espíritu, la tarea alcanza la magnitud de su sentido en el gozo personal de quien, en el camino, mueve el suyo propio.
Por el renacer del compromiso arquitectónico, por la revalorización del rigor y la disciplina, por la búsqueda de la verdad (en un mundo que lo necesita sin ser consciente); conservemos de la historia, la eterna, invariable y metódica búsqueda de la belleza". Johanna Medina en el ensayo De la búsqueda de la Belleza, comentario comparativo: Ficino y Jeanneret

"Lo bello no meramente entendido como un criterio subjetivo sino como una herramienta en conducción al alma".
"De acuerdo con Platón, Le Corbusier aclara que la materialización no es más que un hecho brutal y magnífico. Donde el espíritu, como entendedor de lo bello, hallará su verdadero refugio". Christian Cruz Salazar en el ensayo Verdaderamente bello, hostil y silencioso

"Toda esta teoría sobre la forma, la idea, la cosa en sí, se puede reducir al ejercicio de la analogía, la concepción de que todo está referenciado a algún tipo anterior al objeto de creación. Por eso un poema y un palacio pueden ser iguales, o, por lo menos, comparables. Sin embargo, lo verdaderamente importante de esta aproximación es establecer una clara diferencia entre analogía y alegoría, entre tipos y estilos, entre arte genuino y manierismo". Jaime Tillería en el ensayo Sobre la forma